La cienaga
Dias, noches, tardes
En tal ciénaga son solo fases.
Los seres de ébano que a pie limpio la recorren, no las
cuentan; se podría decir que las sienten cosquillear en sus pezuñas.
Con permiso de los dioses salen a cazar, para evitar comer unas
caras amistosas.
Le temen al pantano del oeste, dicen que los tentáculos de
secuoya en la tarde, devoran el sol.
Se caza en la noche para que estos no los oigan, pues dicen
que la luna los arrulla, más de una vez algún incauto había sido arrastrado hasta
donde duermen los caracoles y sofocado por la presión del lodo y las ramas en
su cuello.
Solo están seguros en sus chozas, de huesos vomitados por el
pantano, edificadas sobre una roca que llaman madre, tan grande como las copas
fluorescentes de aquellos depredadores de apariencia inerte.
Si no hay caza muere un hijo, o un padre, y a su cráneo se
le tallan los huesos y se lanza al pantano, con desprecio de los enraizados
opresores que los han arrinconado.
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