11 de noviembre

11 de noviembre

Confundido y despavorido, salgo de mi casa a las 5:00 p.m., en dirección al Metro.

Debo encontrarme con ella. Me va a prestar un sleeping. O al menos esa es la excusa para poder ver su cara. Camino titubeante por la estación San Antonio, anhelando nuestro encuentro.

Llego a la estación Itagüí y la llamo. La veo subir los escalones y  se me inquieta el corazón. Dice hola, me entrega el sleeping y camina hacia el Metro. Asume que la sigo y eso hago.

Llegamos  a la estación Envigado antes de lo citado, entonces decidimos esperar un tiempo. Unos minutos con ella que me ayuden a sanar mi ansiedad.

Al llegar la hora, nos dirigimos a la casa del jefe de tropa. La puerta como de costumbre estaba abierta y había gente adentro esperando nuestra llega
da.
 
–“Dejen sus bolsos y salgan”– dice Arturo al instante en que crucé la puerta.

Ella se queda adentro, junto a mi tranquilidad. 

Éramos tres los troperos que estábamos sentados en la acera de al frente mientras un jefe nos explicaba que el peligro irremediablemente nos iba a asechar y que solo nosotros lo podíamos afrontar.

Mientras tanto, miro al otro lado de la calle, y a través de la puerta está ella, recostada en el sofá, la veo y deseo estar ahí.

En toda la charla las palabras más reconfortantes que escuché fueron: “Confíen en lo que saben, de eso depende su éxito”. De parte del jefe de tropa.

Luego de terminar la charla nos piden aguardar a que revisen nuestro equipaje. Cruzo la calle con mis rodillas tiritando de pavor y me encuentro con ella en el portón. No lo pienso dos veces y la abrazo como si mi cordura dependiera de ello.

Después de poco tiempo nos dicen que ya nos podemos ir. La llevo a su casa. Paramos en un centro comercial. Se gira. Me besa. Me abraza. Me llena.

Besa mis labios con fuerza, con amor, con el mismo miedo que sentía yo.

 “No se vaya a morir”. Y me besa, “va a estar bien”. Y me besa, “va a estar muy bien”. Y me ve con esa mirada que es capaz de tocar lo más profundo.
Me abraza y me soba el pelo.

– ¿Me promete que va a estar bien?– pegunta.

–Voy a estar bien– le respondo.

No la quiero dejar de besar. No la quiero dejar de abrazar. Extiende las manos y me da una manilla.

-Está fea con ganas, pero la hice con amor”-

 Y eso es suficiente para mí. La beso, me despido y me voy, reprimiendo la tentación de correr de vuelta.

Esa noche en compañía de la luna me entrego a mis miedos.

Al día siguiente. Desvelado y sereno, me levanto de mi cama, me pongo mi uniforme, y me dirijo una vez más, a la casa del jefe.

Llego, me entrega mi sobre, me desea suerte, y me hace ir. Salgo lo más rápido que puedo, tan apresurado que olvido mi  cuaderno.

Destapo el sobre, leo la primera carta y me echo a correr. 

Voy rápido, seguro de lo que sé. O eso creo. El bus tarda tiempo y aprovecho para tomar fotos.

Cada carta cuenta una historia, cada reto pone a prueba mi sagacidad, y cada obstáculo que pueda encontrar pondrá a prueba mi valor.

Llego a mi destino y en la entrada de la montaña, inscrita con pintura azul una señal de inicio. “Sigue la sangre azul”, me dicen las cartas. Como enviada por el bosque, me da la bienvenida un ave que se posa con calma en frente mío y espera pacientemente, le tomo una foto, y se va.

Paulatinamente me adentro en la montaña. Recorro un sendero que pasa a través de 4 miradores, y las cartas me ponen a prueba. Mi cuerpo se cansa. Deseo cada vez más estar con ella, cada que dejo atrás un mirador, me alejo cada vez más de lo que conozco. La pintura azul me guía hasta mi zona, troncos caídos, pantano por todos lados. Y muy poco tiempo para buscar refugio.

El sol se afana en ocultarse. El cuerpo trabaja al límite. Partir madera. Arrancar hojas. Cortadas por todos lados. Sangre. Pantano. Sudor. Cae la noche. 
“Buena caza”, “buena caza”, eso me decían todos. “Buena caza”.

La noche fría y solitaria, los pensamientos turbios y temerosos. También hay hambre. Debo comer, pero la leña humedad no muestra intenciones de cooperar. El maldito humo encharcaba mis ojos y el hambre carcomía mi paciencia, apelé a mi cordura, y después de mucho esfuerzo, logré comer.

Mis fuerzas se esfumaban hasta sentir el susurro de los pinos y pisadas alrededor.

Preparo mi altar. Objetos tocados por mi alma. Dos velas, un puñal, una manilla, un collar, una canica, un muñeco, y un canuto. Cierro mis ojos. Siento la tierra viva bajo mis pies. Busco dentro de mí. Me encuentro. Me enojo. Me odio. Apago las velas y me voy a dormir.

No se duerme mucho bajo un techo de hojas. Álgido y oscuro, el bosque me trata de repeler.

A las 6 de la mañana sale el sol. Me levanto, miro al frente entre la niebla. Continúo mi labor.

Sentado, cansado, después de comer. Me dan la orden de irme, de volver, sigo el camino de regreso, dejo atrás el bosque, el frío, el miedo, el odio, el dolor. En mí solo queda paz.

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